Yo nos recuerdo cada noche de estío. Realmente no nos conocíamos del todo, eran nuestros vacíos e insatisfacciones lo que nos concertaba.
Era aquella casa brillante de grandes ventanas que los foráneos arrendaban, donde las sombras que nos habitaban se discurrían en turbias algarabías.
Tratábamos de auscultar en los otros lo que no entendíamos de nuestras soledades. Abríamos nuestros sueños y derramábamos desvaríos entre tertulias y excesos obstinados.
Nos sitiábamos solaces como una hoguera perdida en algún laberinto oculto en el misterio de un jardín fresco y abandonado.
Nos abrazábamos bajo las caricias de luces mortecinas, (nunca llenábamos lo vacíos) nos dormíamos hinchados al sereno y atardecíamos náufragos en el alba.
Mateo Madson