Siempre le gustó venir aquí. Desde la terraza del alto edificio, se domina casi toda la ciudad; hoy Madrid languidece bajo los tonos pálidos del melancólico atardecer. Siempre le gustó la frescura que aquella parte de la ciudad le imprime a el paisaje urbano y aunque un Cervantes de piedra (de piedra Don Quijote, de piedra Sancho) le esté dando la espalda, éste edificio y esta plaza han sido su reducto favorito por décadas. La anciana actriz ya no recibe roles de trabajo, sus hermosos ojos reflejan la belleza de otros tiempos y aunque nunca pudo tener hijos, siempre logró vivir a plenitud. El otoño se resiste. Todos los sábados por la tarde deja su lujoso apartamento, sube las escaleras, coloca el mantel escarlata sobre la mesita de noche y se sienta con su soledad y un buen vino de Jerez.
–¿Así que esto era la felicidad? – solía decirse, bajo la fascinación del dulce y almendrado aroma del ambarino licor. La suave brisa arrastra fulgores de sol, aromas de tierra, olor a madera, que transporta sus envejecidos pensamientos a esos días de pasadas glorias. Esa noche, la muerte la halló sentada a la oscuridad del invierno naciente.
Fin.
Gustavo Alfonzo Quiñónez