Como solía hacer cuando iba al Café Tramuntana, me había sentado en una mesa al lado de la pared para así poder observar mi alrededor y continuar escribiendo. Pero la atmósfera cálida que me había ofrecido tantas veces momentos de inspiración, se había vuelto fría. La gente parecía insulsa y no encontraba ningún incentivo que me ayudase a continuar. Nada a mi alrededor parecía despertar en mi el mas mínimo interés y no conseguía escribir nada. La página, seguía en blanco, y una sensación de desazón y de fracaso se estaba apoderando de mi. Para intentar tranquilizarme, pedí una infusión de tila al camarero y le dije que la acompañara con algo para comer. Después, intente continuar escribiendo, pero algo se había desatado ya en mi interior: me sentía mareado, tenia sensación de ahogo y miedo, la boca seca y me sudaban las manos y axilas. Al principio, no me di cuenta de la cara de horror con la que me miraba la gente que me rodeaba. Me vi envuelto por un mundo que no podía reconocer, como si el lugar en el que siempre me había encontrado cómodo se hubiese vuelto hostil y reacio a acogerme.
— Parece que está teniendo un ataque de pánico.— dijo una.
— Intenta respirar despacio. — me dijo otro.
Algo fuera de control se había desencadenado en mi. Al levantarme, todos se apartaron de mi lado con cara de espanto.
— ¡Dejadme! — grite — ¡solo quiero terminar de escribir mi libro! —
Ralph Galan