Soy el caminante de una senda abierta por los animales salvajes. Lleva a una hoz del cauce de un río seco excepto si llueve, que entonces es un torrente furioso al principio, siendo luego un amable riachuelo, hasta que, de nuevo, se seca. Allí se levantan cuatro cuchillos tallados en negra roca por el viento y la lluvia. Desgarran la tierra con sus filos, apuntan desafiantes al cielo. En lo alto del último cuchillo se esconde una pequeña roca con la forma exacta de mi culo y un natural reposa pies.
Cuando mi pasear tranquilo, que es mente nerviosa, me lleva a ella, y escalo recuperando lo primate que hay en mi, y poso mi culo en la fría piedra, desaparecen los pájaros. Después, sentado sin más hacer ruido que el de mi pausada respiración, revolotean a mi alrededor curiosos y confiados. Vuelan tan bajo que si estirase los brazos podría tocarlos. Un poco más tarde se olvidan de mi y continúan su habitual trajín y canturreo.
Entonces soy yo el que los mira curioso. Y oigo el viento y siento el sol. Ese es el lugar, y ese es el momento, en el que cuando muera, descansará mi alma.
Adrián Navalón Osa