Hoy he bajado a la playa. El día, como todos los anteriores, es frío y gris y amenaza lluvia, pero después de varias jornadas sin salir de casa he pensado que me vendría bien un poco de aire fresco.
La playa estaba vacía. Bueno, en realidad no, pues allí estaba yo y, además, una pequeña barca varada en la arena. Por su aspecto debía de llevar mucho tiempo allí. Sus colores, azul y rojo, que antaño presumo fueron vivos, son ahora apagados y escasean en algunas zonas. A la barca, ligeramente inclinada a estribor, le faltan trozos de madera, ya carcomida, y presenta agujeros aquí y allá que la hacen inservible para navegar. En su interior hay un solo remo, roto y astillado, y por todas partes se ven los excrementos que han ido depositando las gaviotas. Hace mucho tiempo que la única agua que ha tocado su quilla es el agua de la lluvia.
También en mi vida hace mucho tiempo que no saboreo la sal del amor ni la de la amistad. Me siento solo, como la barquilla, encallado en una situación de la que no sé salir. Me faltan los remos y, sobre todo, me falta el agua por la que navegar hacia un puerto seguro y sólido.
Luis María García Maestu