Él era un niño diferente, tenía el pelito rubio y enrulado, parecía un afrito bonito y salvaje; era pequeñito, porque para su edad, debía ser un poquito más grande, su mamá decía que era porque dejaba toda la comida en el plato. Nació en un pueblecito, uno muy chiquito, tanto que ni siquiera aparece en el mapa, así que se crió en el monte, en la hierba, en las flores, en las estrellas que lo alumbran y en la luna que, como buena madre las ayuda a brillar mucho más.
Un día soñó que volaba por todos los paisajes del pueblo, estaba dormido en la hamaca afuera en el patio. Escuchó a los árboles murmurarle secretos, secretos que no podía repetir, aunque lo intentara no podía formular las palabras. Los sueños se volvieron frecuentes, siempre cuando dormía en la hamaca afuera en el patio; cada vez conocía más cosas mágicas del pueblo, y los árboles le contaban más secretos. Hasta que un día decidió adentrarse más en ellos, cada sueño, se acercaba más a sus rostros; descubrió que en realidad no eran los árboles quienes murmuraban aquellos secretos, eran las brujas del pueblo ahí escondidas.
No sintió miedo, sintió amor, mucho amor por ellas, por sus historias, y comprendió que ellas eran parte de la magia del lugar en el que el cosmos decidió que naciera. Ellas sabían que él era un niño diferente. También lo amaban, y hasta hoy, ellas, lo esperan.
Laura Garrido Del Portillo