No me gustan los autobuses. La mayoría me llevan a la rutina sin ni siquiera preguntar. La minoría, por su parte, se encarga de cargarnos a mí y a la resaca emocional tras cualquier experiencia fuera de lo habitual. Sin embargo, aquí estoy, escribiéndote, aprovechando las siete horas y media de Madrid-Marbella.
Hay un señor en el asiento de al lado que ronca y a veces se cae sobre mí. Hay un bebé con ataques de existencialismo llorando, llorando y llorando. Hay un adolescente con cascos haciéndole competencia a la radio del propio autobús. Un ambiente óptimo para acoger a la inspiración, ¿no crees?
Y, aun así, no he dudado al sacar la libreta. Porque las noches en vela, las películas de terror, los debates de filosofía, los ‘¿Qué tal la mañana?’ y el tacto de tu mano agarrando la mía se han venido conmigo; porque tu recuerdo colándose en mis recuerdos está en cualquier sitio, incluso en un autobús insoportable para verte.
Nunca es el rincón, es siempre el significado.
Marina Moro López