Siempre tendré en la memoria los días infantiles transcurridos sin apenas sobresaltos en aquella vetusta casa de ese pueblo serrano. Nosotros, los niños, éramos enviados a la calle a primera hora de la mañana para que no estuviéramos estorbando en las tareas de los mayores. En esos días de caluroso estío acudía con mis amigos muchas veces a bañarnos al río y nos divertíamos haciéndonos aguadillas bajo el añoso puente de piedra. La fragancia de aquellos días dichosos se ha conservado en mi recuerdo: el olor a ropa mojada, recién lavada en el río y tendida al sol sobre la hierba; el aroma del pan recién hecho o aquel otro de la pila con su mezcla de lejía y jabón de sosa.
Seguramente mis amigos de aquel entonces se hayan acordado también alguna vez de aquellos días de nuestra despreocupada infancia, que discurría tranquila entre las callejas de aquel pueblo serrano entre los montes, pueblo que ya no es el mismo, ni por la distancia en el tiempo, ni por su apariencia actual. Ya no se ven niños correr por las calles, ni a ancianos tomando el sol en animada tertulia en las plazas, ni pasan hortelanos voceando su mercancía asentada en las alforjas de algún burrito. Esos acontecimientos quedan sólo en la memoria de algunos y pronto únicamente quedarán en los libros, como la cadencia de aquellos días entre las callejas de aquel pueblo serrano.
Concha Mora Olmedo