Mágicas y retorcidas callejuelas, abrazadas por fachadas despintadas y llenas de vida gastada.
Buganvillas que invaden salvajemente, de color fresa y anaranjado, a la acogedora penumbra.
Adoquines deteriorados y húmedos, que invitan al paseo, a la contemplación muda y a la complicidad.
Corazones que se acompasan a ritmo lejano de acordeón.
Sentados. Una mesita herrumbrosa de colores olvidados por el uso continuo de turistas curiosos.
El olor a pizza envuelve el rincón oscuro, compensando la frialdad de la piedra y acariciando la historia.
Momentos que parecieran salir voluntariamente de la línea del tiempo, envueltos en papel de oro, para quedar grabados en los sentidos de los enamorados.
Mientras tanto, silencioso, el Tevere se desliza arrullando, cómplice del amor eterno.
María del Rosario Sánchez González