El cielo de Buenos Aires es el espejo azulado donde navega el Río de la Plata. El lila de las jacarandas pincela las avenidas y la brisa trae notas de un bandoneón. Atravieso Plaza de Mayo donde una pareja baila tango frente a la Casa Rosada. Sus pasos combinados se mezclan con las huellas de las madres que buscaban a sus hijos desaparecidos. El sonido de la Historia se enreda en la Cumparsita.
Me refugio en la vieja Librería de Ávila donde rebusco en las novedades de libros antiguos. Cuando comienza el concierto de campanas del mediodía me adentro en San Telmo. Es la hora de sentir tangos. Por una cabeza baila en Plaza Dorrego. El abrazo de la pareja se abre, se quiebra. Barrida y sacadas. Puente y calesita. Mordida y giros. Él, guía de caminitos acompasados. Ella, fortaleza sobre tacones de aguja. Pero, tras el vuelo escarlata de su vestido, lo veo pasar. El terror y el dolor también danzan. Y los golpes, los gritos, los impactos de su fusil en mi espalda, y el despertar con las piernas dormidas para siempre. Ya no es el temido comandante del Aire. Ahora es un clavo encorvado que arrastra los pies sostenido por un bastón tembloroso. Solo tengo que rodar unos metros y arremeter contra él. Pero dejo que desaparezca con sus fantasmas a cuestas. Plaza Dorrego me salva. Es mi conventillo donde cada día giro, al compás del tango, con las ruedas de mi silla.
Felicidad Batista