Llevábamos un buen rato, Calle Alhóndiga arriba, Calle Alhóndiga abajo. Preguntando aquí y allá ¿El mesón de San José? ¿en esta calle? Pues no, que yo sepa. Una mujer en una pastelería se queda pensativa y me dice: mire, un poquito más abajo hay un hotel y la dueña ha vivido en esta calle toda su vida. ¿Porque no preguntan? Allá que fuimos. El Hotel Níveo, tres estrellas, es pequeño, clásico y discreto. En la recepción una chica demasiado joven. Le pregunto por el antiguo Mesón. No sabe nada, pero me dice: “Un momento”, entonces aparece por detrás de ella una señora de las de antes, elegante y discreta. De joven debió de ser muy guapa. Tiene una voz profunda y agradable. “Me ha parecido oír que preguntan ustedes por el mesón de San José ¿me equivoco?” no se equivoca usted, le respondo. “¡Qué recuerdos me trae ese nombre! ¡cuánto tiempo sin oírlo! Mire usted, me dice, junto a ese mesón había un quiosco de caramelos. Con mi hermana pequeña, cuando conseguíamos unas perrillas, allá que íbamos, a aprovisionarnos de dulces. No, ya no existen, ni el mesón ni el quiosco ¿por qué lo buscan?” Verá, me han contado que me hicieron en ese mesón un día que casualmente mis padres se hospedaron en él. Luego mi padre se fue a la emigración, mi madre se quedó en Granada, unos meses. Me gustaría … A la señora le resbaló una lagrimita mejilla abajo y me dijo. ¡Venga, yo le acompaño!
Federico Baena Lorenzo.