Se mantuvo en guardia. Es que la soledad le era habitual, ese era el estado natural para los jóvenes de su especie. Pero, él ya era un animal maduro como para formar su propia manada, cosa poco posible frente a la distancia de miles de kilómetros que lo separaba de sus hembras. Solo le quedaba la soledad frente a esa naturaleza ajena que lo rodeaba con esos arrayanes y animales que nunca había imaginado. Bufó para dar cierta presencia impostada.
Él exhaló suavemente. Se mantuvo cauto. Miró a ese raro animal que lo había interrumpido su momento de reflexión sobre abandonar su huida y regresar a su hogar. Al mirarlo con más detenimiento lo reconoció en aquella fotografía de esa enciclopedia ilustrada que tanto leída de niño, cuando soñaba con llevar una vida de explorador de la naturaleza, en cuyo epígrafe describía que habitaba en una isla inaccesible del océano Pacífico.
Ambos se miraron intentando develar en el otro las causas, los efectos que provocaron tal encuentro. Lentamente ambos se acercaron. Se manifestaron amistosos aun desconociendo el lenguaje del otro. Se rozaron suavemente. Una brisa húmeda comenzó a levantarse entre las hojas de los avellanos. Cuando ésta cesó, ambos se separaron renovados. Cada uno comenzó a caminar por el sendero que había creado la brisa. Él intentando acostumbrarse al andar bípedo, fue en busca de su nueva manada que lo esperaba en la ciudad. El otro vistiendo su pelaje de animal emprendió su viaje hacia la libertad y la aventura.
Ismael Cuahtemoc Sánchez Radjondjopulo