Esta mañana he ayudado a un pez de alegres colores a desembarazarse de unas arandelas de plástico que en la superficie usan para unir los botes de refresco. Cuando era niña había pocos y eran muy preciados, los utilizamos para hacernos pulseras y eran tan codicias que antes nos peleábamos por ellas. Ahora daríamos cualquier cosa para que se las llevasen de vuelta a arriba. A las arandelas, a las botellas, a las lonas y al último descubrimiento que mi padre, el gran Neptuno, que acertó a arrancar del lecho: una cuna. ¿Cómo es posible que llegue hasta nosotros una cuna humana?
Los humanos viajan y se fotografían en los lugares más hermosos del mundo, e incluso bajan hasta aquí e inmortalizan los corales, los peces y los abismos. Afortunadamente, aún no nos han descubierto y confiamos en que no lo hagan nunca. Se envían unos a otros esas bellas instantáneas e intercambian información de rutas y de experiencias. Lo que es fabuloso, es cierto, pero si no cuidan lo que tienen y lo que les rodea, no habrá más belleza que ver y compartir. Ni aquí, en el océano, ni arriba, en la costa. Todos ellos hermosos rincones del mundo.
Juana Yanguas Romero