Bajé por la cuesta del Chapiz, esquivando recuerdos, hasta el cauce del Darro . Allí, en el Paseo de los Tristes, hileras de turistas fotografiaban la Alhambra. Una chica dio la espalda al monumento y se hizo una selfie que capturó mi silueta transparente, como si reconociera en mí un atractivo local, un elemento del paisaje que daba nombre a la calle que pisaba. Si la fotografía, como se suele decir, reveló mi invisible cualidad de alma en pena, lo desconozco. Abandoné el paseo, volví a subir la cuesta y regresé al Albayzín , dejando atrás arcos y portales que un día nos vieron caminar de la mano. Repasé las siluetas de cada ventana, cada pintada que escribe con espray tu nombre, y me pregunté si era verdad aquello de que, aunque estuviésemos lejos, siempre estaríamos juntos, en otro mundo, en algún universo, haciendo nuestras las calles de Granada.
Carlos Valiente Mullor