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Todos recordamos con nostalgia las vacaciones de nuestra infancia, cuando vivíamos esos días de verano como una aventura. En realidad convertíamos esos momentos, sin saberlo, en algunos de los mejores recuerdos de nuestras vidas.

Una mañana cualquiera, llenábamos el coche hasta arriba de bolsas de viaje, tienda de campaña, sacos de dormir, neveras, juegos, mesas y sillas. Nos íbamos al que era, y sigue siendo, nuestro rincón favorito del mundo. Sanabria.

El viaje empezaba con ilusión, con canciones infantiles que servían para canalizar los nervios, e iba transformándose en un bucle de “¿cuánto queda?” y peleas por el espacio en el asiento de atrás de un Opel Kadett sin aire acondicionado.

Unas horas después llegábamos a nuestro destino. Ya estábamos en nuestro lago. Y mientras papá y mamá ponían nuestro hogar portátil a punto, nosotras comprobábamos que todo estaba en su sitio. Que nada había cambiado.

Y allí se me grabó a fuego el sabor del cola-cao con leche hervida en camping gas, la imagen de las noches más estrelladas que he visto en mi vida, mirando al infinito tumbados en la roca gigante. La impresión de visitar un castillo e imaginarme quién, cómo y cuándo paseaba por ese mismo lugar en otro momento del tiempo. Las llamadas a los abuelos desde una cabina de teléfono, día sí, día no. Las averías del Kadett.

Pero las vacaciones de la infancia terminan en algún momento, que llega sin avisar. Ese momento en el que, sin saber por qué, dejamos de volver.

Carmen Pérez Bárcena

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