Ya en el cielo comprendió lo limitada que había sido su vida. No recordaba desde cuando oteaba cada día el horizonte en busca de noticas sobre la lluvia, el sol, la nieve o el viento. A él tampoco le importaba, sus ojos no alcanzaban a ver más allá de las montañas, su paisaje era completo tal y como se mostraba. Siempre se dijo: «este collado es mi lugar. Acunada entre dos lomas maternales, mi casuca se arrulla y cobija cuando cae la nieve, aquí viviré siempre y aquí moriré».
Desde las nubes, sin embargo, descubrió que su collado se disolvía y apenas dibujaba una ondulación en el horizonte. ¡Qué locura! —pensó primero—; una idea estrafalaria —se dijo después— reaccionó asombrado cuando los aventureros le lanzaron la tentación pero cedió como el barro entre las manos del alfarero y su interior se entregó al deseo de contemplar su lugar como no lo había hecho nunca. Desconocía qué habría más allá, razonaba consigo mismo sorprendido, pues jamás había sentido tal curiosidad. «¿Cómo es que nunca he querido saber nada del otro lado?, ¿habrá algo mejor, tal vez más bonito que esto?».
—Adelante —contestó con determinación — y de un brinco saltó al cesto sumándose a la excursión en globo.
Carmen Raposo Aguado