En un rincón de la plaza cuya extensa superficie cubría la nieve, una joven vestida con el antiguo uniforme de la guardia roja tocaba el violín. Una famosa pieza de un célebre compositor que ahora no recuerdo. Cansado de caminar y buscando deslizarme en la acogedora ocasión me dejé atrapar por los acordes. Alrededor de la muchacha veía rostros hechizados como el mío, y mientras que el tiempo fluía agradablemente, contemplaba las hermosas cúpulas coloradas de la catedral de san Basilio contrastando en el oscuro cielo nocturno. Me olvidé por unos instantes hasta del frío. Inspirado por la música, una serie de profundas capas de memorias, cual Matrioshkas, se fueron abriendo paso en mi mente, saliendo a la superficie. Momentos asociados a la huella de esta melodía que había quedado impresa en la infancia de mi mente, entre tardes del patio soleado de mi casa en granada, lejana a esta geografía. Una capa dentro la otra los recuerdos iban surgiendo al tiempo que se mezclaban con sentimientos y reflexiones, produciendo evocadoras imágenes. Danzaban embriagadas con la nieve, siguiendo los movimientos del arco y los rostros iluminados de los paseantes. Se movían entre la plaza y sus cúpulas, bailando con gracia en este invernal y mágico escenario. En una ciudad en que los nombres en ruso, te parecen todos iguales.
Esteban Andrés Bravo