Tras varias horas de ascensión, por fin llegamos al lugar donde mi hermano y yo debíamos cumplir el último deseo de nuestro padre. Su muerte no fue inesperada, pues su larga enfermedad ya presagiaba que este triste desenlace no tardaría en llegar.
Él lo había dejado bien claro, quiso que esparciéramos sus cenizas en esa escarpada cumbre, aunque la verdad, no sé si ese cerro está más cerca del cielo o más lejos del infierno.
Antes de partir hacia el Mulhacén , mi hermano se empeñó en transportar la urna en su mochila. Quizás quería demostrar que estaba más dolido que yo, pero lo cierto, es que aunque mis ojos se contuvieron no pude evitar que mi corazón se sintiera triste y apenado
Yo fui el hijo que abandonó a la familia por las continuas desavenencias con mi padre. Quizás el hecho de que mi madre muriera en el parto cuando yo nací, hiciera que mi padre me culpara siempre de todo. Algo, que me obligó a abandonar Granada a la menor oportunidad, dejando allí olvidados, los tristes recuerdos de mi infancia.
Llegado el momento, esparcimos cuidadosamente las cenizas en la cumbre del Mulhacén y dejamos que la brisa las elevara más cerca del cielo. Entonces, mi hermano se abrazó a mí y me dijo:
—Antes de morir, mientras deliraba, Papá pronunció varias veces tu nombre y…
—¿Qué dijo?
—«Lo siento mucho Isaac, perdóname. Siempre te he querido».
En ese momento, mis ojos se inundaron de lágrimas y le perdoné…
Francisco Javier Galbeño Ramírez