En un pueblo olvidado, de un país súper desarrollado, no había agua ni luz, tampoco los servicios sociales como la salud y la educación. Las autoridades vieron el lugar perfecto para depositar la basura de las grandes ciudades. Los de afuera lo llamaban «El último lugar del mundo». Un grupo de ancianos recicladores aprovecharon la basura para construir un enorme molino de viento, los niños también ayudaban mientras recolectaban libros para su escuela imaginaria. Cuando levantaron la construcción eólica, el fuerte viento de la noche hizo girar las largas aspas y una pequeña luz de esperanza brillaba en la oscuridad de aquel pueblo. «El último lugar del mundo» de los nadie comenzó a correr por alcanzar al del «Primero».
Jhon Francis Peña Arévalo.