Es Cartagena una pequeña Roma, con su Foro, su anfiteatro, sus casas «afortunadas». En Cartagena están aprendiendo a vivir de sus ruinas, incluso de sus ruinas submarinas, aunque yo quisiera recordar una parte de Cartagena que no sale en las rutas turísticas, pero sí que perdura en la piel de los que las hemos transitado.
Era un colegio en forma de cuartel, capilla y un profesor coronel. Mis once años entre túnicas franciscanas han marcado mi personalidad más de lo que el propio Freud hubiera deseado.
Los niños en el aula, las chicas solo existían en la cabeza de los más mayores. Pecado, culpa y expiación, Celia, la profesora de literatura, solía saltarse estas máximas que todo lo observaban.
Nos cautivaba no sólo su belleza sino los paisajes poéticos en los que convertía cada una de sus clases.
En una de sus clases, Benito, el repetidor, parecìa jugar con sus compases. Su balanceo dió con sus huesos en el suelo y la clase explotó en una espectacular risotada . Entre una funda aterciopelada de rojo y el duro plástico del cobertor, vi como unos versos de Pere Gimferrer caían de los prosaicos instrumentos de dibujo:
“Estaré enamorado hasta la muerte y me temblarán mis manos al coger tus manos, y me temblará la voz cuando te acerques”.
Los rescaté del suelo, evitando que la chiquillería los detectara. Él era el autor anónimo que viernes tras viernes dejaba sus versos en el casillero de Doña Celia.
Ángel Rodríguez Fernández