Cuando Luna Fernández, llegaba a la casa de sus padres, luego de besarlos, corría al patio para abrazar a Ludovico su perro labrador.
Así comenzaba a recuperar su niñez; prontamente se esfumaba bajo el manto del jazmín amarillo, cerraba los ojos, sonreía recordando los corazones tallados.
Marta, su madre la llamaba y Luna reaparecía, despeinada, con florcitas amarillas en su blusa beige, que ceñía su joven cuerpo.
Durante el almuerzo contaba a sus padres de las novedades de la ciudad, de sus estudios y de Andrés su amigo de la infancia.
Enseguida se dirigía al altillo, allí comenzaba nuevamente con sus juegos, abría su cuaderno de poemas y la sonrisa iluminaba sus ojos.
El enorme ropero, era la tentación, allí comenzaba a probarse ropas, sombreros, carteras, zapatos, riéndose al verse irreconocible frente al espejo.
Algo la contrarió, al no encontrar el anillo de carey, que en su infancia, Andrés se lo había regalado y aún conservaba.
Bajando del altillo, encontró a su madre en el sofá, tejiendo; todavía molesta, preguntó si alguien había estado hurgando sus cosas.
Marta se quitó los anteojos, entrecerró los ojos buscando, en su memoria, quien hubiera fisgoneado en el altillo y recordó que Lorena, prima de Luna, los había visitado.
Esto irritó a Luna, sabiendo que Lorena disputaba, su amor infantil por Andrés.
Esta situación le heló el alma, se estremeció, preguntándose, si Andrés había sido solo un amor de la infancia.
Adolfo José Palmeiro