Conocía cada rincón de la casa, mejor dicho, de todo el terreno: la brisa helada que penetraba en invierno por el burlete roto de la ventana delantera, sabía que lo único que permanecía vivo durante las primeras noches primaverales era el pausado goteo de la nieve derritiéndose sobre el techo de la entrada, admiraba por horas el colchón anaranjado sobre el jardín trasero que producían las hojas de los cipreses en otoño. El huésped mas fiel de una casa en la que desfilaban humanos y de la que todos en la comarca decían que él era su dueño, un perro.
Guido Esteban Quarantotto