¡Café expresso!…….¡Café expreso! pregonaban en alta voz por los alrededores de Termini, la famosa estación romana. Un caos bullicioso rodeaba los andenes y un olor indefinible mezcla de humanidad y colonia barata inundaba el ambiente. Presto anduve hasta el hotel Acrópoli dispuesto a descansar un rato. Me esperaban días turísticamente inolvidables. De eso hace ya más de treinta años y no pasa el tiempo por los recuerdos. Parece que fue ayer cuando el ferragosto romano cayó inexorable sobre mi figura exánime de turista convencional. Y justo por eso, por el tórrido deambular por piazzas y calzadas, hay que agradecer el agua fresca que emana de las innumerables fuentes que el viajero (yo) encuentra de paso. Hasta llegar al lugar para mí sagrado: una fontana adonde la rubia y exhuberante Anita se refrescaba radiante e invitaba al apuesto Marcelo a disfrutar de la dulce vida nocturna. Y ahí radica precisamente mi visión imperecedera de la Fontana de Trevi; no solo como inmortal barroco sino también como decorado cinéfilo intemporal. Otros muchos lugares pueden encender mi pasión, pero como ese ninguno.
Juan Rafael Muñoz Raya