Muchas noches, abandono el calor de las sábanas para viajar por lugares increíbles. Atravieso el desierto de Namibia, el más viejo del mundo. Recorro la selva amazónica, navego por el Nilo, fotografío el Perito Moreno. Observo las estrellas de un cielo limpio, sobre el Cañón del Colorado. Mientras invento una conversación con Boabdil, el último sultán , me refresco en las fuentes de la Alhambra de Granada. Uno de mis lugares favoritos son las estrechas callejuelas del barrio de Santa Cruz, con sus flores -azaleas, pensamientos, geranios de múltiples colores, dice la guía-. Vi una fotografía, en la que un chico de mi edad corría feliz. Imaginé que su sombra, sobre la pared blanca, era la mía.
Es mi vecina del cuarto, Encarna, quien me regala las guías de viaje. Toma cielo, me dice, acariciando mi cabeza. Sonríe, pero hay tristeza en sus ojos. Me gustaría decirle que no tiene que preocuparse por mí. Un día, recorreré esos lugares, y volveré para hablar con ella y decirle, es cierto, Encarna, existen. Están ahí. Solo hay que llegar hasta ellos.
Cuando los golpes y los gritos cesan en la habitación de mis padres, salgo de debajo de la cama para regresar al viejo colchón que huele a orina. Cierro los ojos. Abrazo mis rodillas para convertirme en un bicho bola, e intento conciliar el sueño.
Juana Cortés Amunarriz