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                  Marohu y Boinayel de la Cueva a la Constelación de Acuario

La cueva del puente sigue ahí, donde siempre estuvo, pocos pueden  introducirse en su vientre sin dejarse caer veinte pies más abajo de donde ocurre la Magia.

El astro mayor, acariciando las rendijas de la cueva, penetra las sombras que cubren a los dioses trecientos sesenta  y cuatro días al año, hasta preñarla de luz tropical; luz blanca que unos momentos después del mediodía, revive la historia de una isla, siglos atrás.

Entonces, sucede  el Milagro,  aunque separar las tinieblas de la luz a estas profundidades en aquellos tiempos, debía ser algo más que un Milagro. No hay que dejarse caer veinte pies más abajo de donde es posible la Magia, reitero. Solo respirar y esperar el instante perfecto. Un reflejo revela la anatomía imaginaria de aquél ancestro perpetuado en el tallado de una roca que late, erizando la piel, resuena  melodioso el eco, la piedra esculpiendo a la piedra, quiero decir: no es una pierda cualquiera. Al escurrirse el sol, se imaginas el júbilo en la antigua mirada de aquél escultor insular, cada detalle cuenta, Marohu y Boinayel, ídolos protectores. Algunos pensaron que estaban dormidos, hace un tiempo casi nadie los recordaba, lo cierto es que, sobre la antilla, pernoctaban anónimos, vigilantes, brillando desde la constelación de acuario.

Ahora, veintiuno de diciembre del siglo veintiuno, un hombre de hoy estrechará las manos de un hombre de ayer y dos seres celestiales recuperan su nombre en el firmamento: ya no tendrán que esperar al solsticio para iluminar el rostro de sus visitantes. 

Margaret Sosa 

 

 

Nota: La cueva del puente, es un mágico y  antropológico rincón, lleno de cultura, riesgos y ritualidad, al sur de la capital de la República Dominicana, (a solo 20 minutos en transporte). Forma parte de un conjunto de cuevas, que datan de la época taína y contiene parte de la historia, costumbres, creencias y rituales de los aborígenes. 

Recientemente, la IAU, abrió un concurso donde varios países tuvieron la posibilidad de poner nombre con sus características a una estrella en la constelación d y a un exoplaneta. En Dominicana, ganó el binomio: Marohu y Boinayel, dos deidades esculpida por los ancestros taínos, en las profundidades de la cueva, que se pueden ver  el 21 de diciembre, solsticio de invierno unos minutos después del medio día. esto indica que los antiguos pobladores de Quisqueya, conocían de astronomía. solo cinco personas caben al mismo tiempo y se introducen a la cueva por un arnés  de seguridad. 

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