Hace tiempo que la profesión de farero desapareció, pero no así los faros. Cuando tuve la oportunidad de comprar lo de debajo del faro lo hice, y ahora paso largas estancias allí.
Para llegar, está a unos cinco kilómetros del pueblo, hay que venir a pie. Recorriendo los acantilados, luego descender setecientos escalones, en la punta del acantilado esperándome, mi faro descansa.
En el buen tiempo se llena de turistas que les gusta ver las aguas cristalinas, que están debajo del faro, hasta bucean. Son unos meses muy agitados, dicen que es muy bonito, no les entiendo; si les gustase tanto intentarían vivir en un sitio bonito como hice yo. Mantendrían el lugar limpio, que yo creo, que piensas que soy el basurero.
Cuando ya no vienen los turistas, es cuando mejor se está. Si la mar está tranquila, puedo ponerme el traje de neopreno y bucear, en el agua, esta limpísima, es un lujo.
Todo me parece un lujo aquí, escuchar el mar, los pájaros, ver como la montaña se funde con la mar o al revés, depende del día.
Las escaleras pensaban que me iban a limitar más, pero me ayudan a mantenerme en forma y ayuda a que este bello paraje no esté tan masificado.
Me encanta mi faro, mi hogar; sus vistas, sus sonidos, estoy donde quiero estar, en mi faro.
Nieves Rodríguez Alonso