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Chanson à la mer du Cassis 

Era invierno y el mar me llamaba. Había tanta belleza y frialdad en su canto. (Me llamaba a morir…) entre sus olas tan vacías como azules. Entonces escribí por primera vez mi nombre en la arena gris. (¿Qué sentido tenía eso? …) Quería borrar mi identidad por completo. Frente al mar mi pecho se helaba con el viento de los acantilados. De pie en la arena parecía un pájaro, un ave acuática a punto de saltar al vacío. (“Salta”, “abandónate”, “cambia”, “cae”). Era invierno y el mar me llamaba. A cada brazada moría para el instante. A cada brazada renacía para la eternidad. Mi corazón rojo latía como un faro (rojo también). Mis latidos eran un sonar de calor en aquella inmensidad tan fría como eterna. En un instante detuve mi nado (mi escape…). Abrí los brazos y entonces, floté de pie. Floté como un ángel con sus alas abiertas. Nunca había visto tanta belleza en el sol. Detrás de su fuego apenas había hielo. (“No te aferres al aire. Tampoco eso es tuyo”). Solté una bocanada y en el vapor vi mi alma. Nos despedimos sin rencores. (“Cierra los brazos”, “detén el vuelo”, “fluye con la caída”). Y así bajé al corazón del mar, del frío mar. Sonriendo y con los ojos bien abiertos. (“No te pierdas un instante de tu muerte porque sólo se muere una vez”). Era invierno y el mar me llamaba.  

 

Luis A Suescún

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