Margaret estaba haciendo cambios sustanciales en la retahíla de su historia, o tal vez, la retahíla de su historia se los estaba haciendo a ella. La cosa es que, en su interior, sabía bien que por más que intentara, no podía ser estática.
Esa realidad la llevó a El Gorgojo, un hotel pequeño en el que se quedaría un tiempo, espacio de su vida al que ella le dio la misión de enseñarla a ser libre.
Su habitación era pequeña, limpia y fresca; cada cosa estaba en su lugar, siempre, porque cada objeto conocía muy bien su lugar y su espacio lo añoraba. Margaret no lo sabía, así que un día cambió todo de posición porque así le apetecía; cuando volvió, cada objeto estaba en su lugar original, sí, el del principio. Al darse cuenta, creyó aquel lugar vivo, y no demoró en concluirlo.
El primero en reclamar la atrevida hazaña fue el reloj, y así se fueron sumando los demás. Le cuestionaron el haberlos movido, ellos nacieron juntos y se extrañarían estando lejos de los que siempre habían estado cerca, y le explicaron que la habitación perdería su esencia, y eso, ellos no lo podían permitir, ellos la crearon, por ellos existe.
La habitación enseñó a Margaret; las historias que habían visto sus objetos, seguirían existiendo si ellos lo hacían como debía ser, y se sintió afortunada de poder tener libertad de cambiar de lugar conservando su historia.
Laura Garrido Del Portillo