En tus cortos seis años te conté muchos cuentos de fantasía, que inventaba con los párpados cansados y la ilusión de alcanzarte unos dulces sueños. Entiendo que ahora no puedas creerme, pero algún día lo harás. Es un lugar, ¿cómo te explico? A ver… Es un lugar, ¿sí? Tiene una puertita que cruje al abrirse, pero no, no es para tener miedo. En este lugar se sonríe. En realidad… al principio no, porque una entra concentrada, ¿me seguís? Entras concentrada porque sabes que es un lugar especial y hay algo de ahí que te vas a llevar. No sabes de qué se trata, pero algo se guarda adentro tuyo.
Vas a reconocer un escalón, pásale una mano para sacarle el polvo, sobre todo si vas con algún vestidito blanco, como los que tanto te gustan. Te puedes sentar ahí, donde me siento yo, o elegir otro lugar. De a poco van llegando las ideas; algunas están en ese libro que te conté. Cuando te lleguen, déjalas estar, jugar, bailar. No intentes controlarlas, amarrarlas, dirigirlas. Vas a notar que la comisura de los labios se va elevando; es la sonrisa de sentirse en paz e inspirada. La inspiración llega como una bocanada de aire fresco, como si de pronto decidieras quitarte los zapatos que tanto te ajustaban y empezaras a caminar, descalza, sobre el césped.
Escribir no es tarea sencilla, hija, pero si tenemos la suerte de encontrar rincones así, no solo podremos escribir sin ataduras, podremos vivir sin ellas.
Nicole Antar