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Desde pequeño había oído loar en canciones antiguas, escritas antes incluso de que nacieran mis padres, los encantos de ese lugar. Su localización privilegiada, su fama, el deseo de todo el mundo de subir allí para evadirse y por supuesto su fresquísima agua, eran ensalzadas una y otra vez por voces de capacidades sorprendentes.

Sin embargo, el olvido y la ignorancia de la veracidad de la existencia de dicho lugar, hicieron que no fuese hasta cuarto curso de licenciatura cuando descubriera aquel mítico lugar en una excursión improvisada de la asignatura de flora mediterránea.

No había presupuesto para una excursión más en autobús y a la profesora, sabia y práctica como ninguna, se le ocurrió llevarnos allí.

Tanto los foráneos, como los que conocíamos desde siempre las plantas mediterráneas quedamos impresionados. Las clemátides parecían ramos de novia con sus flores blancas, la nueza negra , aunque seca, sostenía aún sus llamativas y venenosas bayas rojas. Aros, lirios, rosas silvestres, hiedras, chopos, la poesía del camino, todo parecía haberse dispuesto la noche anterior únicamente para sorprendernos.

Desde ese momento todos nosotros tomamos aquel lugar como sitio de reunión y paseo habitual al igual que Manuel de Falla, Federico García Lorca o Ángel Ganivet hicieran antes que nosotros.

Recuerdo que llevé a mi hermano cuando empezó sus estudios para que no estuviese tanto tiempo como yo desconociendo aquella maravilla.

Pasado el tiempo, también puedo asegurar que en la Fuente del Avellano se dan los mejores besos.

Antonio José Rodríguez Maldonado  

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