Me piden que describa un lugar especial. Un rincón en el mundo, digno de ser visitado o recordado. Y al hacerlo pienso en lo que me rodea, en esa Europa donde, a cada paso, uno puede toparse con impresionantes catedrales medievales, al abrigo de rincones cargados de cultura y leyendas. Pero también pienso en las impenetrables selvas de Asia, con sus ancestrales templos y mercados; en el misterio de las ciudades árabes rodeadas por ardientes desiertos o en los remotos pueblos perdidos en las heladas estepas árticas.
Y pensando en todo ello, me doy cuenta de que a lo mejor no necesito irme tan lejos para experimentar estas sensaciones. Quizás desde mi mesa, parapetado tras la pantalla de mi ordenador, construyendo mundos a través de mi teclado, puedo llegar tan lejos como me lleve mi imaginación. Una cualidad que, a la espera de poder viajar hasta allí, me permite, mientras escribo, trasladarme a ese paraíso perdido que un día juré visitar, o sentir que atravieso, quizás por primera vez, los recónditos umbrales de algún lugar olvidado.
Así, a pesar de todas las opciones disponibles, o de la extraordinaria riqueza de nuestro planeta, es nuestra imaginación, este trocito de nuestra portentosa mente, la que merece este título. Pues, en definitiva, creo que el mejor rincón que podemos encontrar está dentro de cada uno de nosotros.
Javier de Miguel Cerrada