Por fin, después de varios días de vuelo, Eva y yo llegamos a los límites de la tierra. Todo empezó cuando conocí a aquella angelical criatura y me enamoré, tan perdidamente; que le prometí el mismísimo Paraíso. Y vaya que trabajé incansablemente, durante años, en este rincón del mundo; hasta convertirlo en el famoso Jardín del Amor.
Era una fría mañana. Una densa escarcha caía cual fina pluma sobre el prado. Le vendé los ojos antes de ingresar a la nube que envolvía el jardín.
_Te encantará la sorpresa, mi cielo, _le dije_, el resto de los ángeles te envidiarán y temo que Dios se enfade conmigo por desafiarlo artísticamente.
Caminamos sobre una alfombra de pétalos de rosas rojas, hasta llegar al centro, donde se encumbraba un gigantesco y bello palacio bañado enteramente en oro y que llegaba al propio cielo; hermosas estatuas de ángeles disecados lo rodeaban al igual que las flores de mil colores; una fuente llena de peces y aguas multicolores embellecía el lugar y el trinar de las aves deleitaba los oídos.
Le quité lentamente la venda de sus ojos y se lo mostré. Me miró con desilusión y sus palabras envenenadas hirieron mi alma:
_ ¿Esto es todo lo que pudiste hacer, Adán? ¿Sabes, qué? Terminamos. Merezco alguien mejor. ¡Adiós!
Y en estos momentos me encuentro suspendido de un gran manzano. Mientras agonizo, una sospechosa serpiente se ríe a carcajadas al lado mío. Estoy seguro que aquel demonio cegó a mi amada esposa.
Yony Saavedra López.