Casi no llegó, todo se retrasó aquel día. Por eso, cuando se sentó y pudo calcular el espacio que lo contendría las próximas tres horas, suspiró aliviado. La temperatura era perfecta, se estaba bien ahí dentro. El libro, el bocadillo y el agua en el suelo acomodados. Audífonos puestos y el paisaje comenzó a deslizarse ante sus ojos. El viaje en autobús mostraba un mundo seguro, con un principio, un final y una coherencia interna. Suavemente empezó a ser mecido por el vaivén que acompañaba este trayecto conocido, pero en el que siempre encontraba algo nuevo: las flores del limonero, un nuevo almacén, un gato mirando por la ventana… pequeños y humildes tesoros, puestos en su ventanilla por sospechoso azar. Ahí, no había espacio para correos ni cifras ni apuros.
Paloma Mas