Un anciano tiembla en un balcón. El frío le cala los huesos. Frota sus manos en un gesto inútil para tratar de calentarse. Un abrigo descansa en una silla al lado de él. Suenan las campanas de la iglesia del pueblo. La cara arrugada del anciano se arruga más al sonreír, sonríe con todas sus fuerzas. La señora López lo saluda caminando por la calle, como cada domingo, y esta vez lo ha visto con su camisa nueva.
Sergio Fernández Villaescusa