Mármol. Oro pulcro sobre piedra blanca. La roca labrada a puntillazos; la carne brotando entre cal y madera. Las paredes lisas, marcadas por figuras rectilíneas y curvas; el contorno plateado de un bajorrelieve. Columnas levantadas de repente, habitadas por criaturas extrañas: seres fantásticos sobre un terreno boscoso, lejano; ánimas y personajes celestiales que desembocaban en la tierra. Un mundillo en sí mismo, una historia que subyace en el pedrusco. La piedra se endurece y se refuerza: pan de oro. Recubre las figuras y las llena de vida: revestimiento espiritual, coraza definitiva. Todo personaje es protegido.
Una virgen que llora al caído; sus lágrimas se endurecen y se hacen vidrio. Su mirada de desolación ha quedada perpetua. Las gotas de sangre que chorrean por su costado, también. Las columnas cuidan su dolor. La ocultan. En el contorno, imágenes foráneas, extrañas, insertadas maliciosamente. Un diablo escamado y un par de hombres que sangran. Llamaradas de fuego y madera. Al centro, un escudo señorial, monárquico, algo ficticio, insostenible. Es la imposición al creador, el precio a pagar por dar rienda suelta a sus fantasías.
No importa. Todo por preservar ese mundo.
El artista siente. Posa su mano sobre la piedra desnuda. Palpa con delicadeza, con curiosidad infante, poco a poco. Reslzis unas cuantas pinceladas, delinea la sombra de un rostro -rostro humano o rostro santo- hasta que cobre vida. Opera. .
El artista, de manos resquebrajadas, espalda arqueada y paso viejo, cansado, se retira. Deja su obra. Se abandona a sí mismo.
Mauricio Jarufe Caballero