La escarcha se aprieta sobre la zarzamora y blanquea de encajes las ramas del almendro. La alborada muestra por el naciente un cielo de escarlata tachado de índigo y amarillo. El gorjeo del petirrojo, tímido, apenas esbozado, ondula en el marasmo de este amanecer de mediados de noviembre. Aún hay flores azules sobre el verdear lustroso de las malvas, aún las hojas de los olmos enfermos, descortezados aguantan en las ramas que rozan una tierra de arcilla y de cal. El escaramujo mantiene todavía la tersura en sus espinas mientras la astringencia rojiza de sus frutos se remece bajo el frío y la penumbra. Los mirlos ensayan ahora melodías de cristal y los estorninos divagan su estridencia oscura por las más altas ramas de los chopos. Amanece en el zarzal, junto al cauce invernizo de un arroyo que sueña, quizá, con afanes de agua y mariposas. Amanece por sobre la escarcha y el trajín de los pinzones, del acentor y las currucas. Amanece y las torcaces vuelan hacia el olivar para hartarse de aceitunas. Y es como si la vida remoloneara, perezosa, en este rincón de prodigios humildes, como si brizara en su seno estas sensaciones cotidianas, ignoradas, bellísimas, el gorjeo del petirrojo, el plumaje azabache de los mirlos, las flores azules de las malvas. El cauce seco de un arroyo que sueña, tal vez, con afanes de agua y mariposas.
José Agustín Blanco Redondo