Domingo por la mañana. Le tomó tiempo despertarse; halló bruma y sopor por todas partes. Se sintió triste y desnudo. Caminó descalzo por el frío parquet. Revolvió sus cajones y se puso su pequeño traje gris. Pasó unos minutos acicalándose. Estuvo frente al espejo, mirándole fijamente. Le incomodó lo que vio.
El clima cambió con el tiempo. Pensó que no pasarían las horas. Decidió que no convenía salir, no con el extraño sol que agrietaba la neblina. Cerró puertas y ventanas. Buscó algo de beber en la cocina: una copa de vino. Bebió calmadamente. Volvió a sentir la desazón en su interior: vientre retorcido y sudor en la piel.
Al volver a su cuarto, lo mismo. Dejadez. Quiso tocarse, pero desistió. Quiso pintar algo, pero no había lienzos por ningún lugar. Tan solo, desorden. Lloró, renegó, gritó al cielo.
Desapareció.
Penumbra. Al abrir los ojos, un destello cegador. Estaba soñando.
Trato de distinguir la extraña paleta de colores que tiene al frente: tonos brillantes, formas oblicuas, movedizas. Amarillo, anaranjado y verde. Fosforescencia sobre fondo negro. Quiso concentrarse. Entender.
Un sonido dulce.
La guitarra rompió la quietud. Una tonada extraña, sicodélica, como si los colores danzasen al ritmo libre y zigzagueante que se producía. Guitarra, percusión, pianos. El sonido aumentó. Él, primero asustadizo y después curioso, se dejó llevar. De pronto, las muecas de sus labios se ancharon; sus ojos se llenaron de brillo. Una sonrisa.
Despertó. Sintió paz. Buscó en una gaveta. Un disco de Chicha-rock. Estaba bien. Sanaría.
Mauricio Francisco Jarufe Caballero