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Nunca hace falta gran cosa, tan solo dejar caer los párpados, para coincidir ambos en otro lugar especial. Ni siquiera necesitan verlo para vivirlo, pues mirar es algo que puede hacer cualquiera. Israel posa la palma de su mano sobre la frente de Petra. Ella, con los ojos cerrados, a su vez le acaricia las dunas cálidas entre los dedos, esperando con ello trasladarlo a aquel antiguo rincón del mundo. Quiero que hoy me acompañes de vuelta al desierto de Wadi Rum, donde nos perdimos aquel verano. Andemos en círculos, desenterremos los senderos inventados que, esbozados en una libreta, nos hicieron sentir como mercaderes nabateos.

Israel se acerca para besar a su mujer y prueba los recuerdos que comparten, salados, en los labios húmedos de ella. Petra quiere conjugar su próximo destino con un murmullo al oído. Ten a bien de venir conmigo, mi amor, dejémonos acunar de nuevo por las aguas del Mar Muerto, ingrávido lecho que templa las preocupaciones. Israel flota unos minutos junto a ella. Ambas respiraciones sosegadas se traducen en el batir de las olas contra los blancos montículos de sal.

Ambos se abrazan, un gesto interior más que físico. Ella apenas puede moverse del sitio. Tampoco es necesario, porque la memoria puede estar quieta. Esta vez no son tampoco necesarias las palabras, pues Israel conoce la última parada: el templo romano de Jerash, testigo pétreo de un transcurrir sin tregua. Inmóviles lo observan; inmóviles las ruinas les devuelven la mirada.

Petra abre los ojos, y deja de ver.

Albert Badosa Solé

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