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Los flashes de las cámaras se habían apagado hacía tiempo. Aquel sería, probablemente desde la invención de la fotografía doméstica, el primer atardecer en el que nadie retrataría a la poderosa Alhambra. El olor a henna lo impregna todo y dos mujeres se empeñan en alejar a los perros que intentan colarse entre las piernas de todos los congregados alrededor de mi madre. A lo lejos se oye la sirena de una ambulancia que llega demasiado tarde y a la que le cuesta recorrer las empinadas y estrechas calles que llevan hasta allí. Mi madre, haciendo gala de su, hasta ese momento, envidiable salud, había subido a pie, recorriendo uno a uno todos los escalones que llegaban hasta allí, tan alto. Lo había conseguido aun cargando con mi peso. Las vistas, por supuesto, la habían sobrecogido al llegar a lo alto del mirador, aunque tenía que subirse a los bancos, como los niños, para ver más allá de la gente acodada y sentada en el escueto murito, atestado de turistas como nosotros. Nosotros, que íbamos solos. Ella, que había llegado allí sin la ayuda de nadie más. Alguien grita que los sanitarios estaban llegando; otro que no daba tiempo. Tumban a mi madre en el mismo banco en el que había sentido aquel dolor repentino y que había empañado su visión de la imponente fortaleza roja. Ella chilla, empapada de sudor, y yo lloro por primera vez. Sonríe y, entre aplausos, me susurra mi nombre por primera vez: Nicolás.  

Sandra Sanz Martínez

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