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Ahí está, libre y solitario. Un espasmo de emoción recorre mi achacoso cuerpo como una sacudida de aire cálido y reconfortante. Doy unos cuantos pasos hasta arrimarme a él y, antes de sentarme, hago servir mi bastón para despojarlo de las hojas que allí han ido a morir.

Aún recuerdo con nitidez el día en que lo trajeron. De hecho, bien podría decirse que con él dan comienzo las memorias de mi niñez. Tan frecuentado al principio, se alzaba, majestuoso, de un blanco puro y límpido, en el centro del interminable parque municipal. Algarabía, jolgorio, corrillos de edad dispar, todos haciendo turnos, impacientes, a su alrededor. Tal era su robustez que concedía al ocupante la poderosa sensación de estar presidiendo el pueblo.

Ya no luce igual. Convertido en una indefinida escultura de piedra ennegrecida en una pequeña plaza engullida por las calles, hoy los vecinos lo rondan sin advertir su presencia. Las grietas lo atraviesan, la humedad lo perfora y una enredadera, último vestigio del verde paisaje original, se apodera lentamente de él. Alifafes de la edad; al tiempo nadie escapa. Un pensamiento me embarga, perturbando la paz de mi rostro. Expectante, me inclino lentamente y observo asombrado aquellas iniciales, supervivientes, que tanto me costó un día grabar en su costado. Una lágrima inocente desciende a mi mejilla.

Aquí jugué, comí, bebí y reí. Aquí crecí, besé, discutí… Aquí me reconcilié. Y al fin hoy regreso, medio siglo después de irme. He vuelto para quedarme.

David Guillén Martínez

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