Era un desierto encerrado en una belleza de ensueño. Aire sin lápidas, sin muros y sin espejos. Todo estaba disperso y al mismo tiempo unido en un solo cuerpo. Las nubes colgaban de los picos de las montañas, con sus penachos deshilachados desafiando al viento, un mar sin fondo lamiendo el polvo.
Todo empezaba en una brisa marina y acababa en la orilla de su falda de agua. Ojos turquesa donde la vida flotaba sin forma ni bordes. Acurrucada por una libertad que discurría entre montañas y Tindaya acariciando mi rostro, ahondando en mi alma, como una dama inquieta. Desarmado entre las aulagas y líquenes voy saboreando este momento mágico; desnudarme en su cuerpo y morirme despierto en sus aguas para recibir su abrazo húmedo donde nada acaba.
Comienza así otro sueño de muerte mojada, un repicar de su lengua contra sus rocas negras, suplicando su momento de gloria, escuchar su canto constante en un silencio que desarma el aliento.
Me siento pequeño, insignificante. Un grano de arena más es este lienzo donde el tiempo discurre sin horarios. Todo se mueve a cámara lenta como un perenquén que me mira en la distancia y se mimetiza con su rostro arenoso. Y cuanto más descubro esta isla, más perdido me siento en su esencia. Nada puede detener ya este latido que siento, al sumergirme en sus pensamientos de piedra, de soles esparcidos en la arena, de mares ocultos en sus lágrimas. Si la pasión existe se llama Fuerteventura.
Juan Carlos Luzardo Morales