Caminaba por aquellos senderos de color rojo, un palpitante camino por donde los sueños se arrastraban inconmensurablemente buscando una salida. Mis ojos seguían su rastro, buscando una luz, una señal y el latido continuaba golpeando mis sienes con insistencia.
Nada era lo que perecía, hasta mi voz sonaba cavernosa e insegura. Seguía por instinto un camino que no sabía hacia donde me llevaba. Mis huellas resultaban pegajosas, torpes como un muñeco que intenta caminar sobre el hielo. Resbalo en una bifurcación y no sé qué senda tomar. Me dejo llevar, sin pensarlo demasiado, algo me impulsa con fuerza y nado en un charco púrpura, mi corazón parece hablarme, pero hoy no entiendo su lenguaje.
Me siento agotado, no es mi cuerpo, es mi interior que parece gritarme con obstinación. Llegó a una caverna con unas piedras como mármol blanco y en el centro un colchón rosado y húmedo. Resbalo y caigo, grito y al abrir mi boca veo un reflejo de mi propio llanto agarrando mis manos. Rezo para salir del infierno donde estaba atrapado. Me miro al espejo y una boca me traga por dentro.
Juan Carlos Luzardo Morales