Recurrente en mis sueños, vuelvo al lugar fundacional, donde confluyen y descansan los recuerdos de mi infancia. Son recuerdos agitados, también felices y muchas veces surreales. Veo a la madre ausente que me ama, veo a la madre ausente que me abandona por voluntad propia. Tomo una hoja de papel y un lápiz e intento plasmar en ella, la materialidad inmaterial de la casa, trató de construir su techo, sus ventanas, la puerta, la cocina, el garaje donde estaba la biblioteca de mi padre que limpiaba al final de cada año escolar, la limpiaba con detallado esmero, las ediciones únicas que un librero como él apreciaba en adquirir. En la construcción de la casa literaria, empiezo por el garaje donde estaba la biblioteca, cimiento los pilares sólidos de la estructura en un atardecer frente al mar, un mar que me susurra melancolía, un mar que me deja su olor seco a sal y que retienen mis fosas nasales en un intento de descifrar lo que el viento y los restos húmedos de las olas me van dejando y tocando y dirigiendo mi mirada a un horizonte infinito inalcanzable e inimaginable como la casa a la que intento poner paredes en su ininteligibilidad. Esa seducción del mar con el infinito, de lo infinito angustiante con la certidumbre finita de mi humanidad. Me siento en este rincón íntimo del mar y mi yo mismo en el intento de leer frente a su aliento mojado un texto que me inspire el mío propio y así darle forma a la certidumbre de mi casa literaria.
Ingrid Margarita Florez Fortich