Al salir de casa estuvo a punto de olvidar las raquetas. Cuando llegó al aparcamiento, ella ya esperaba, con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el coche. Se saludaron con un beso en cada mejilla y un par de comentarios que distaban mucho de ser ingeniosos. Tampoco es que fuesen estúpidos, solo anodinos. En definitiva, habían quedado para «jugar al tenis». Hacía unos diez años que no se veían. Habían sido amigos de Messenger, muy buenos, pero solo llegaron a verse un par de veces. Encuentros incómodos de adolescentes. Ella le gustaba a él. Ella lo sabía. Pero lo que ella no sabía era si él le gustaba. Probablemente no. Algunos problemas específicos de los dieciséis, en la primera década de los dos mil. Pero ahora ambos coincidían, sin saberlo, en que esas eran cosas del pasado. Se habían reencontrado gracias a Facebook. Y, ¡joder!, ya eran adultos, tenían sus cuidadas redes de contactos, sus ambiciones más o menos inspiradas y su amplio conocimiento de los lugares de interés, aquí y allá. Caminaron a toda prisa y alquilaron una pista. «Está encantadora con esa coleta, y… ¡qué culazo!».
Un poco de peloteo y bola de saque. Él falla en la red. Empieza sacando ella: «¡Genial!, aunque… ¿No habrá fallado a propósito?».
David Álvarez García