Recuerdo los lagos oníricos que Max me describió en una de nuestras postreras batallas del frente oriental de La Segunda Guerra Mundial, cuando éramos agentes dobles a favor de Los Aliados, aunque yo de manera extraoficial, era el único agregado castrense español. Pormenorizaba Max que pantanos puros donde aún las ondinas aseaban sus bellezas prohibidas, rodeaban Suleyken. Habitaban pintorescas casitas familias de leñadores, escoberos, pescadores de agua dulce y cazadores; vivían sus atavismos embriagados del esplendor arbóreo y la belleza élfica de sus lugareñas. ¡Allí todavía existían gnomos y oréades en robledales y manzanos!
Los camaradas del contraespionaje sonreían ante nuestra cavilante utopía de las marismas confinadas de Suleyken rumbo al atardecer. Sin embargo, como Max me reveló que aquel pensil estaba en Masuria, Prusia (desaparecida tras La Primera Gran Guerra), cuestioné su cordura.
Y no fue hasta el último bombardeo, cuando recuperé la fe en sus ensoñaciones. La acción de guerra nos dispersó a todos, pero mientras a él se lo tragó una niebla repentina, juraría que escuché un galop, orquestado invisiblemente por pífanos, tambores, arpas eólicas y veteranas voces que en la estela de Max, cantaban así:
“¡Oh Suleyken
Largos tus colores hasta el lubricán
Sosegada la panorámica de tus paisajes
Y enigmática la forma de llegar…!
¡¡Brindo porque todavía es posible
Tu tierra de extrañamiento
A donde ningún sendero va!!”
Desde entonces -Max habrá fundado allí hogar y familia – aún hoy busco mi retiro valetudinario en las legendarias, pero ignotas turberas y landas del feérico Suleyken.
Juan Pérez Díaz