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De niño, mi familia era pobre, así que viajaba mediante la literatura. Como nunca pude ir a Roma, ni a Atenas, yo, en mi precocidad, alquilaba a libros de Píndaro, Heródoto, entre otros pensadores Greco—Romanos. Ahí encontré un destino mejor: Hiperbórea. Abundaban testimonios contradictorios: unos señalaban que estaba al Norte de Tracia, otros en Asia. Pero coincidían que era una isla, donde habitaban hombres etéreos, hijos de Bóreas, semi—dioses longevos, quienes vivían hasta los mil. Peleaban y sembraban. El sol siempre brillaba. Y en el centro: yacía un templo.

Pasaron los años, y mi capacidad de asombro fue sustituída por escepticismo. Tras años de estudio, con pragmatismo —y beca— estudié negocios. Laboré en una empresa, donde me asignaron un viaje de Madrid a Tallín, Estonia. Tomé el vuelo, primera clase, adelante, junto a la ventanilla. Por nostalgia, leía a De Los Hiperbóreos de Hécateo. 

Tras cinco horas, una fuerte estática nos lastimó los tímpanos a todos, luego gritos, desmayos, un vórtice desde la ventana; perdí la conciencia. Desperté dentro el mar: me estaba ahogando. Empujé mis brazos contra las burbujas y el azúl, hasta subir. No habían edificios, ni era el Báltico. Se sentía distinto: había un claro sol, nubes; un pasto ténue. Solo yo sobreviví. Esforzando mis pupilas, dañadas por sal, ví un templo esférico de piedra, de extraña arquitectura. Llegaron unos seres con batas, entre humanos y elfos. Postraron sus altos cuerpos ante mí, y una niña me ofrendó un báculo y un sombrero dorado.

Adrián Osvaldo Silva Nava.

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