Paseaba flotando entre visitantes y sombras. Identificaba cada ladrillo, a cada paso. Los murmullos contaban la historia del edificio en idiomas extraños, pero los entendía.
Las acequias le recordaban la caricia del agua.
En alguna recámara habría un retrato de quien dijo amarla.
El estanque reflejó el rostro que le sonaba, la voz antigua, el susurro de la corriente: «No construimos fortalezas, ni palacios: elevamos sueños».
Seguiría atrapada en la torre, entre dos culturas, sin saber el porqué de su cautiverio.
Se desvaneció en el flash del siguiente clic.
Carlos de la Fé