La gota de agua quería ser grande. ¿Qué habría más allá del regocijo de esa fuente? Las demás deslizaban por aquella cascada cual paseo en tobogán.
Cierto día se arriesgó. Saltó a la corriente. Con un cosquilleo en la barriga y risas cuyo eco atormentaba a los tepuyes, cayó al pie de la cascada. Perpleja, comenzó paseo a lomo del Churun.
Conoció seres; lugares maravillosos. También a la barbarie. Sus semejantes morían chamuscadas o intoxicadas.
Despavorida, huyó a contracorriente. Sudaba. Sus latidos aceleraban. Compadecido, un pez la condujo al pie de la cascada, exhausta; deshidratada. Pero debía ascender hasta la fuente. Lágrimas deslizando, agradeció al pez no perecer ahogada, o insolada.
Impotente ante aquél de blanco y barbado, imploró al ángel de saltos y cascadas se apiadara y en sus alas, a casa le regresara. Él extendió sus brazos largos alados. Tomó a unas cuantas caídas del paraíso. Las devolvió a la fuente infinita donde El Kerep les alimentaba. ¡El ángel guardián de los saltos era el mismo Salto Ángel!
Había caído desde el Ángel, su majestad, que bien podría llamarse Santo Ángel.
Cruz Colmenares