Se lanzó al agua desde la lancha. Con el agua a las rodillas avanzó hacia la orilla. El odio que lo cegaba no le permitía admirar ni disfrutar las cristalinas aguas de la playa virgen en que se encontraba, en la cual multicolores pececillos iridiscentes se alejaban asustados ante sus pasos. La arena, nívea y de finísimo grano, crujía bajo sus pies. Corrió sobre las dunas, aplastando una que otra estrella de mar arrastrada por las olas.
Llegó a la floresta que cubría el islote y penetró en ella, apartando de sí las ramas de los retorcidos caletales y los floridos hicacales henchidos de pequeñas frutas que la formaban. Al atravesar la espesura, una pequeña laguna, con el fondo repleto de polícromos corales semejantes a piedras preciosas y chispeantes conchas nacaradas, se interpuso en su camino. Pero no se extasió ante ninguna de estas maravillas. Su mirada estaba fija en los dos cimbreantes y lujuriosos cuerpos semidesnudos que chapoteaban en el agua. Tenso, extendió el brazo con el que empuñaba la pistola. Sonaron dos disparos. Sollozó mientras regresaba, ahora lentamente, hacia su bote.
Tras de sí, el agua del estanque se tornaba carmesí.
Al día siguiente, en la primera plana del periódico local se leía:
¨Cayo Fragoso, paraíso tropical, oasis de paz y serenidad, se transforma en un infierno sangriento al asesinar, un marido engañado, a su esposa y al amante¨
Carlos Manuel Rodríguez García.