He recorrido la mitad del mundo. Nunca he viajado.
Todo comenzó cuando dejé de ser Brehn, en Seattle. Por aquel entonces llegué a una edad y un estado en que cada noche, antes de acostarme, rezaba para volver a abrir los ojos. Aunque eso no es importante, sí lo que pasó después:
Abrí los ojos en Japón– comiendo bambú–. 10 años. Luego los abrí en Australia– me acostumbré a eso de arrastrarme y mudar la piel–. 6 años. En Malasia me suicidé– nunca me han gustado las cucarachas–. 2 minutos. Me fascinó volar por todo el continente africano– es fácil alimentarte cuando comes carroña–. 15 años. Estuvo bien eso de respirar bajo el agua en la carretera del Atlántico– fue una auténtica maratón de supervivencia–. 2 años. En Nueva York me sorprendí persiguiendo ratas en los bajos de la quinta avenida– nunca comáis por allí–. 14 años.
Actualmente me balanceo entre las lianas del amazonas. Me pregunto qué tocará cuando cierre los ojos para siempre; siendo un mono, claro.
Es un asco esto de no morir.
Antonio Jesús Gómez Salas